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Grigori Wassiljewitsch, Fischer, 1840

De la tierra a la luna / Alejandro Arras



En un sin fin de ocasiones la ciencia ficción nos ha demostrado su capacidad predictiva que traza caminos hacia un porvenir desconcertante. La imaginación es, naturalmente, la materia prima de toda construcción pero ¿es el futuro producto de la imaginación colectiva, es decir, de eso que la ciencia ficción propone o predice como una posibilidad?
Durante el siglo XIX, cuando eran aplaudidas y leídas con fervor novelas que abordaban la justicia o la ética por medio de criminales desafortunados (Víctor Hugo) o retratos de damas de la alta sociedad francesa (Flaubert) existió también un escritor que miraba los logros de la ciencia con la determinación de un apostador frente a un póker de ases. Admiraba a Stendhal, sí, pero también al matemático Urbain Le Verrier o al geógrafo Eliseo Reclus. Este inusual escritor se llamó Julio Verne, nacido en Nantes, en el año de 1828. Su formación científica provino de una natural curiosidad que marcaría para siempre las posibilidades del porvenir literario.
En los tiempos de Verne resultaban ser muy populares los diarios de viajes en toda Europa; Théodore Mollien en 1823 explorando Colombia; Albert M. Guilliam recorriendo México en 1843. Diplomáticos, mineros, aficionados y hasta condesas publicaban sus emocionantes expediciones. Los lectores –burgueses u obreros- leían los paisajes de la exótica América o de las misteriosas pirámides mayas, muy distintos a las experiencias contenidas en las páginas de Verne que resultaban una excepcionalidad entre todas, mucho más atrevidas y adelantadas para ese entonces: odiseas espaciales, utopías que transportan a mares inmensos, ríos muertos en la luna, erupciones, naufragios, máquinas asombrosas. Años después, el visionario llegaría a ser uno de los escritores más traducidos en todo el mundo. Verne sería el parteaguas hacia lo que conocemos hoy como ciencia ficción.
Este Adán de la literatura industrial como lo llamó Christopher Domínguez, publicó hace 151 años en el Journal des débats politiques et littéraire los primeros fragmentos de De la tierra a la luna, la primera gran antesala para tan espectacular hecho que sucedería hasta 1969 con el Apolo 11 y en plena guerra fría. Contextualizada a mediados del siglo XIX, narra un grupo de aficionados de la balística –cuerpos lanzados al espacio por una fuerza de impulsión cualquiera y abandonados luego a sí mismos-, nombrados como el gun-club y liderados por el presidente Barbican, quienes planean enviar un proyectil al sol de los lobos mediante un poderoso cañón: el columbiad. La historia se resume en esta pregunta: ¿es posible llegar a la luna?
Verne profundiza en los retos: cómo llegar al espacio, cual es la distancia entre el satélite y la tierra, dónde se debe ubicar la base de despegue, cuales son las posibilidades del suceso. El humor se encuentra por todos lados y a pesar de ser una novela científica destella risotadas en el lector; recuerda aquellas exageraciones sociales al estilo de Voltaire, por ejemplo, durante el transcurso de la novela aparece la figura de Michel Ardan, francés por excelencia, de figura atlética y repleta determinación quien se ofrece como voluntario para abordar la nave ante cualquier adversidad, es decir, no solo lanzar el proyectil sino llegar y explorar esas tierras desconocidas con pies y manos. El papel de los estadounidense es satirizado con gran hazaña exagerando su protagonismo. La rivalidad entre Texas y Florida acerca de dónde situar el cañón satiriza una nación dividida por las huellas de la guerra de secesión. Verne es atinado, sitúa la utopía en Florida como sucedería en realidad muchos años después. La ironía del escritor agiganta los ideales políticos y económicos de estados unidos como también ridiculiza algunos clichés del estereotipo social del siglo XIX. El personaje del capitán Nicholl, archi enemigo del presidente del gun-club, pertenece también a esta serie de exageraciones sobreponiendo la rivalidad empresarial y tecnológica de las naciones.
 De la tierra a la luna es una novela extraordinaria que como muchas otras grandes contiene una universalidad que se mantiene fresca. Se trata de una serie de ecos que continuarán más tarde desarrollándose en prácticamente casi todo: literatura, cine, pintura, arquitectura, diseño industrial. Verne fabricó un mundo inaudito, con sus propios límites, su propia música. Falleció en 1905 en su casa de Amiens a causa de una diabetes que había padecido durante muchos años dejando un amplio repertorio de más de cincuenta libros. Roland Barthes escribe en uno de sus ensayos: Verne construyó una suerte de cosmogonía cerrada sobre sí misma, que posee sus propias categorías, su tiempo, su espacio, su plenitud e inclusive su principio existencial.






















































El Guardagujas / Juan José Arreola

El forastero llegó sin aliento a la estación desierta. Su gran valija, que nadie quiso cargar, le había fatigado en extremo. Se enjugó el rostro con un pañuelo, y con la mano en visera miró los rieles que se perdían en el horizonte. Desalentado y pensativo consultó su reloj: la hora justa en que el tren debía partir.
Alguien, salido de quién sabe dónde, le dio una palmada muy suave. Al volverse el forastero se halló ante un viejecillo de vago aspecto ferrocarrilero. Llevaba en la mano una linterna roja, pero tan pequeña, que parecía de juguete. Miró sonriendo al viajero, que le preguntó con ansiedad:
-Usted perdone, ¿ha salido ya el tren?
-¿Lleva usted poco tiempo en este país?
-Necesito salir inmediatamente. Debo hallarme en T. mañana mismo.
-Se ve que usted ignora las cosas por completo. Lo que debe hacer ahora mismo es buscar alojamiento en la fonda para viajeros -y señaló un extraño edificio ceniciento que más bien parecía un presidio.
-Pero yo no quiero alojarme, sino salir en el tren.
-Alquile usted un cuarto inmediatamente, si es que lo hay. En caso de que pueda conseguirlo, contrátelo por mes, le resultará más barato y recibirá mejor atención.
-¿Está usted loco? Yo debo llegar a T. mañana mismo.
-Francamente, debería abandonarlo a su suerte. Sin embargo, le daré unos informes.
-Por favor...
-Este país es famoso por sus ferrocarriles, como usted sabe. Hasta ahora no ha sido posible organizarlos debidamente, pero se han hecho grandes cosas en lo que se refiere a la publicación de itinerarios y a la expedición de boletos. Las guías ferroviarias abarcan y enlazan todas las poblaciones de la nación; se expenden boletos hasta para las aldeas más pequeñas y remotas. Falta solamente que los convoyes cumplan las indicaciones contenidas en las guías y que pasen efectivamente por las estaciones. Los habitantes del país así lo esperan; mientras tanto, aceptan las irregularidades del servicio y su patriotismo les impide cualquier manifestación de desagrado.
-Pero, ¿hay un tren que pasa por esta ciudad?
-Afirmarlo equivaldría a cometer una inexactitud. Como usted puede darse cuenta, los rieles existen, aunque un tanto averiados. En algunas poblaciones están sencillamente indicados en el suelo mediante dos rayas. Dadas las condiciones actuales, ningún tren tiene la obligación de pasar por aquí, pero nada impide que eso pueda suceder. Yo he visto pasar muchos trenes en mi vida y conocí algunos viajeros que pudieron abordarlos. Si usted espera convenientemente, tal vez yo mismo tenga el honor de ayudarle a subir a un hermoso y confortable vagón.
-¿Me llevará ese tren a T.?
-¿Y por qué se empeña usted en que ha de ser precisamente a T.? Debería darse por satisfecho si pudiera abordarlo. Una vez en el tren, su vida tomará efectivamente un rumbo. ¿Qué importa si ese rumbo no es el de T.?
-Es que yo tengo un boleto en regla para ir a T. Lógicamente, debo ser conducido a ese lugar, ¿no es así?
-Cualquiera diría que usted tiene razón. En la fonda para viajeros podrá usted hablar con personas que han tomado sus precauciones, adquiriendo grandes cantidades de boletos. Por regla general, las gentes previsoras compran pasajes para todos los puntos del país. Hay quien ha gastado en boletos una verdadera fortuna...
-Yo creí que para ir a T. me bastaba un boleto. Mírelo usted...
-El próximo tramo de los ferrocarriles nacionales va a ser construido con el dinero de una sola persona que acaba de gastar su inmenso capital en pasajes de ida y vuelta para un trayecto ferroviario, cuyos planos, que incluyen extensos túneles y puentes, ni siquiera han sido aprobados por los ingenieros de la empresa.
-Pero el tren que pasa por T., ¿ya se encuentra en servicio?
-Y no sólo ése. En realidad, hay muchísimos trenes en la nación, y los viajeros pueden utilizarlos con relativa frecuencia, pero tomando en cuenta que no se trata de un servicio formal y definitivo. En otras palabras, al subir a un tren, nadie espera ser conducido al sitio que desea.
-¿Cómo es eso?
-En su afán de servir a los ciudadanos, la empresa debe recurrir a ciertas medidas desesperadas. Hace circular trenes por lugares intransitables. Esos convoyes expedicionarios emplean a veces varios años en su trayecto, y la vida de los viajeros sufre algunas transformaciones importantes. Los fallecimientos no son raros en tales casos, pero la empresa, que todo lo ha previsto, añade a esos trenes un vagón capilla ardiente y un vagón cementerio. Es motivo de orgullo para los conductores depositar el cadáver de un viajero lujosamente embalsamado en los andenes de la estación que prescribe su boleto. En ocasiones, estos trenes forzados recorren trayectos en que falta uno de los rieles. Todo un lado de los vagones se estremece lamentablemente con los golpes que dan las ruedas sobre los durmientes. Los viajeros de primera -es otra de las previsiones de la empresa- se colocan del lado en que hay riel. Los de segunda padecen los golpes con resignación. Pero hay otros tramos en que faltan ambos rieles, allí los viajeros sufren por igual, hasta que el tren queda totalmente destruido.
-¡Santo Dios!
-Mire usted: la aldea de F. surgió a causa de uno de esos accidentes. El tren fue a dar en un terreno impracticable. Lijadas por la arena, las ruedas se gastaron hasta los ejes. Los viajeros pasaron tanto tiempo, que de las obligadas conversaciones triviales surgieron amistades estrechas. Algunas de esas amistades se transformaron pronto en idilios, y el resultado ha sido F., una aldea progresista llena de niños traviesos que juegan con los vestigios enmohecidos del tren.
-¡Dios mío, yo no estoy hecho para tales aventuras!
-Necesita usted ir templando su ánimo; tal vez llegue usted a convertirse en héroe. No crea que faltan ocasiones para que los viajeros demuestren su valor y sus capacidades de sacrificio. Recientemente, doscientos pasajeros anónimos escribieron una de las páginas más gloriosas en nuestros anales ferroviarios. Sucede que en un viaje de prueba, el maquinista advirtió a tiempo una grave omisión de los constructores de la línea. En la ruta faltaba el puente que debía salvar un abismo. Pues bien, el maquinista, en vez de poner marcha atrás, arengó a los pasajeros y obtuvo de ellos el esfuerzo necesario para seguir adelante. Bajo su enérgica dirección, el tren fue desarmado pieza por pieza y conducido en hombros al otro lado del abismo, que todavía reservaba la sorpresa de contener en su fondo un río caudaloso. El resultado de la hazaña fue tan satisfactorio que la empresa renunció definitivamente a la construcción del puente, conformándose con hacer un atractivo descuento en las tarifas de los pasajeros que se atreven a afrontar esa molestia suplementaria.
-¡Pero yo debo llegar a T. mañana mismo!
-¡Muy bien! Me gusta que no abandone usted su proyecto. Se ve que es usted un hombre de convicciones. Alójese por lo pronto en la fonda y tome el primer tren que pase. Trate de hacerlo cuando menos; mil personas estarán para impedírselo. Al llegar un convoy, los viajeros, irritados por una espera demasiado larga, salen de la fonda en tumulto para invadir ruidosamente la estación. Muchas veces provocan accidentes con su increíble falta de cortesía y de prudencia. En vez de subir ordenadamente se dedican a aplastarse unos a otros; por lo menos, se impiden para siempre el abordaje, y el tren se va dejándolos amotinados en los andenes de la estación. Los viajeros, agotados y furiosos, maldicen su falta de educación, y pasan mucho tiempo insultándose y dándose de golpes.
-¿Y la policía no interviene?
-Se ha intentado organizar un cuerpo de policía en cada estación, pero la imprevisible llegada de los trenes hacía tal servicio inútil y sumamente costoso. Además, los miembros de ese cuerpo demostraron muy pronto su venalidad, dedicándose a proteger la salida exclusiva de pasajeros adinerados que les daban a cambio de esa ayuda todo lo que llevaban encima. Se resolvió entonces el establecimiento de un tipo especial de escuelas, donde los futuros viajeros reciben lecciones de urbanidad y un entrenamiento adecuado. Allí se les enseña la manera correcta de abordar un convoy, aunque esté en movimiento y a gran velocidad. También se les proporciona una especie de armadura para evitar que los demás pasajeros les rompan las costillas.
-Pero una vez en el tren, ¡está uno a cubierto de nuevas contingencias?
-Relativamente. Sólo le recomiendo que se fije muy bien en las estaciones. Podría darse el caso de que creyera haber llegado a T., y sólo fuese una ilusión. Para regular la vida a bordo de los vagones demasiado repletos, la empresa se ve obligada a echar mano de ciertos expedientes. Hay estaciones que son pura apariencia: han sido construidas en plena selva y llevan el nombre de alguna ciudad importante. Pero basta poner un poco de atención para descubrir el engaño. Son como las decoraciones del teatro, y las personas que figuran en ellas están llenas de aserrín. Esos muñecos revelan fácilmente los estragos de la intemperie, pero son a veces una perfecta imagen de la realidad: llevan en el rostro las señales de un cansancio infinito.
-Por fortuna, T. no se halla muy lejos de aquí.
-Pero carecemos por el momento de trenes directos. Sin embargo, no debe excluirse la posibilidad de que usted llegue mañana mismo, tal como desea. La organización de los ferrocarriles, aunque deficiente, no excluye la posibilidad de un viaje sin escalas. Vea usted, hay personas que ni siquiera se han dado cuenta de lo que pasa. Compran un boleto para ir a T. Viene un tren, suben, y al día siguiente oyen que el conductor anuncia: "Hemos llegado a T.". Sin tomar precaución alguna, los viajeros descienden y se hallan efectivamente en T.
-¿Podría yo hacer alguna cosa para facilitar ese resultado?
-Claro que puede usted. Lo que no se sabe es si le servirá de algo. Inténtelo de todas maneras. Suba usted al tren con la idea fija de que va a llegar a T. No trate a ninguno de los pasajeros. Podrán desilusionarlo con sus historias de viaje, y hasta denunciarlo a las autoridades.
-¿Qué está usted diciendo?
En virtud del estado actual de las cosas los trenes viajan llenos de espías. Estos espías, voluntarios en su mayor parte, dedican su vida a fomentar el espíritu constructivo de la empresa. A veces uno no sabe lo que dice y habla sólo por hablar. Pero ellos se dan cuenta en seguida de todos los sentidos que puede tener una frase, por sencilla que sea. Del comentario más inocente saben sacar una opinión culpable. Si usted llegara a cometer la menor imprudencia, sería aprehendido sin más, pasaría el resto de su vida en un vagón cárcel o le obligarían a descender en una falsa estación perdida en la selva. Viaje usted lleno de fe, consuma la menor cantidad posible de alimentos y no ponga los pies en el andén antes de que vea en T. alguna cara conocida.
-Pero yo no conozco en T. a ninguna persona.
-En ese caso redoble usted sus precauciones. Tendrá, se lo aseguro, muchas tentaciones en el camino. Si mira usted por las ventanillas, está expuesto a caer en la trampa de un espejismo. Las ventanillas están provistas de ingeniosos dispositivos que crean toda clase de ilusiones en el ánimo de los pasajeros. No hace falta ser débil para caer en ellas. Ciertos aparatos, operados desde la locomotora, hacen creer, por el ruido y los movimientos, que el tren está en marcha. Sin embargo, el tren permanece detenido semanas enteras, mientras los viajeros ven pasar cautivadores paisajes a través de los cristales.
-¿Y eso qué objeto tiene?
-Todo esto lo hace la empresa con el sano propósito de disminuir la ansiedad de los viajeros y de anular en todo lo posible las sensaciones de traslado. Se aspira a que un día se entreguen plenamente al azar, en manos de una empresa omnipotente, y que ya no les importe saber adónde van ni de dónde vienen.
-Y usted, ¿ha viajado mucho en los trenes?
-Yo, señor, solo soy guardagujas1. A decir verdad, soy un guardagujas jubilado, y sólo aparezco aquí de vez en cuando para recordar los buenos tiempos. No he viajado nunca, ni tengo ganas de hacerlo. Pero los viajeros me cuentan historias. Sé que los trenes han creado muchas poblaciones además de la aldea de F., cuyo origen le he referido. Ocurre a veces que los tripulantes de un tren reciben órdenes misteriosas. Invitan a los pasajeros a que desciendan de los vagones, generalmente con el pretexto de que admiren las bellezas de un determinado lugar. Se les habla de grutas, de cataratas o de ruinas célebres: "Quince minutos para que admiren ustedes la gruta tal o cual", dice amablemente el conductor. Una vez que los viajeros se hallan a cierta distancia, el tren escapa a todo vapor.
-¿Y los viajeros?
Vagan desconcertados de un sitio a otro durante algún tiempo, pero acaban por congregarse y se establecen en colonia. Estas paradas intempestivas se hacen en lugares adecuados, muy lejos de toda civilización y con riquezas naturales suficientes. Allí se abandonan lores selectos, de gente joven, y sobre todo con mujeres abundantes. ¿No le gustaría a usted pasar sus últimos días en un pintoresco lugar desconocido, en compañía de una muchachita?
El viejecillo sonriente hizo un guiño y se quedó mirando al viajero, lleno de bondad y de picardía. En ese momento se oyó un silbido lejano. El guardagujas dio un brinco, y se puso a hacer señales ridículas y desordenadas con su linterna.
-¿Es el tren? -preguntó el forastero.
El anciano echó a correr por la vía, desaforadamente. Cuando estuvo a cierta distancia, se volvió para gritar:
-¡Tiene usted suerte! Mañana llegará a su famosa estación. ¿Cómo dice que se llama?
-¡X! -contestó el viajero.
En ese momento el viejecillo se disolvió en la clara mañana. Pero el punto rojo de la linterna siguió corriendo y saltando entre los rieles, imprudente, al encuentro del tren.
Al fondo del paisaje, la locomotora se acercaba como un ruidoso advenimiento.





FIN














Por Juan José Arreola. Tomado del libro Confabulario, editorial Joaquín Mortiz.




Casa / Abraham Ibáñez





Quand les cimes de notre ciel se rejoindront
Ma maison aura un toit.
Paul Éluard

Y ese viaje que la mirada todavía sostiene
abandona el umbral de una tarde de lluvia en la infancia.
José Carlos Becerra




I

Ha partido a nuestros pies el camino
El punto de partida hasta el destierro
sobre el extremo de pasos jamás devueltos a su origen

Dejamos que la casa se echara por la puerta una mañana
y la puerta era el último piso de un año que más tarde
arrumbamos en un armario  

Aún escuchamos la lluvia que partió con ella
No hay pan ni aves que corroboren esa música herida
con la que inventábamos a gritos el verano
El sol era un plato para servir el hambre en todos lados
Sabiendo que la casa era nuestra más allá de la luz del patio
Sabiendo que llevábamos el escombro en los ojos
y que nuestras manos estaban hechas del estertor de los muebles
sobre los que goteaba a solas la tarde

Hemos perdido ese rincón también
ese deseo de vernos llegar desde el fondo de nuestras voces
de saltar sobre un estremecimiento del tamaño del poniente
que ahora miramos esperando vernos partir
y escuchar tras de nosotros el silencio
que se ha quedado en casa para ladrar ausencias

Y no nos resta sino esa tristeza
ese bostezo de reuniones
que desde nuestras miradas iluminaba boca a boca el asombro
iluminado a su tiempo por el resplandor de una televisión
donde sonreía un sol enmohecido  

Sonreía el dolor para nosotros
para nuestro aire de niños encerrados
castigados a mirar sin pudor la vida

Niños ávidos por el fulgor de una pantalla
por saberse entre los muros que les devolvían la sombra
y en ella la certeza de saberse iluminados
Sentir en ellos los rumores de las imágenes de fiesta
que hoy crecen como musgo
en el intersticio de la luz de una ventana
al otro lado de la noche

Siembro en el aire acordes que no vivimos
Música de odio para carcomer la pérdida
Notas que se sofocan en su rincón ausente
Amargan con soltura el sabor a ruina que soy
Y sé que hemos perdido completamente la casa

(Apago la luz
Huele a palabra callada esta distancia
que presiento en el resuello de un mundo
nombrado esta mañana para volver a él)


II

Despierto en el origen de esta sed que vierto
Paso una mano por la cara del sueño y es casi azul
la vida del patio en la mañana

Mi familia es un rebaño de metáforas
El sol se levanta a sus espaldas
Sobre la mesa -y a nuestro lado- contra luz sin peso
todo lo reitera para soslayar la ausencia

La casa es reciente lluvia de guitarras
Las cortinas al viento ondulan nuestros ojos
que sonríen al sentarse entre miradas de leche tibia

Tomamos palabras calladas como pan
y envuelto el gesto en la melancolía de las nueve
comemos hasta saciar de ingenuidad el silencio

Son nuestras bocas fiesta de poquísimas migajas
Parca lamentación donde resuenan notas para el invierno
 
Tardes y horizontes abrazan con la música
el gesto que gira en mi cara por vez primera

Estas puertas se olvidarán de cerrarse
inocentes en su temblor de flor oscura
que presiente en su pecho la distancia

El café es una selva ante mis ojos
que me lleva de noche a izar árboles de niebla 
Copa inalcanzable de la sed soy
Despreocupado gesto en el filo de un pensamiento acantilado

Bulle la luz del mundo en torno a nuestras manos
Por todas partes su rigor metálico
Por todos lados al surgir
y al quebrarse el día por dentro
en el ámbito redondo de cada juego

Contra la fragilidad de un movimiento apenas presentido
persigue una voz que no es la voz que lo llama
sino el ruido de un ave que se nombra en la ceniza
-último color del cielo a la mitad de un sueño
cerrado con llave desde adentro

Es el origen del miedo esa voz que despierta al polvo
Alzo los ojos siempre más allá de su transparencia
Llevo árboles al pecho que me sé de lejos
Ramas que atraviesan el tiempo hasta revertirlo
Hojas que arranqué al bosque de mi nombre

Sobre mi miedo se tiende el murmullo de trenes
El espanto de ciudades rendidas al ser recordadas
Escucho con atención el aullido de la calma
Música que es un puente para escuchar morir esos pasos
       [que no me atrevo a dar
Música que busco en lo azul de una ventana
y que sobrevuela el miedo

Más allá del rencor que me levanta y oblitera
respira una herida vuelta hoguera y alimento
Abro mi pecho hasta alcanzar los bordes de este escenario

Horizontes que se traspapelan en páginas sin orden
Lámparas que no visita el filamento de ángeles antes cotidianos
Llamadas que han ido a revolcarse al fondo de un cenicero
donde soy el humo de huesos que suspiran la ausencia
donde el hombre que soy solventa en silencio
el retrato que el reflejo se atreve a eludir a solas
III

El miedo es un acopio de sombras que el sueño eleva

Tirita
entre mi padre y el insomnio
la llama de una voz que es mi nombre
Es mi padre esa voz que sueña
es mi padre ese resplandor que alza su sombra
y la sombra es padre de ese miedo que tiembla solo en cama

Bajo las sábanas el mundo es otro
Las horas mueren cuando cierro los ojos
Son un árbol que cae a solas y que nadie acierta a escuchar

Es otro el despertar con la vida a solas de este cuarto
Sostengo su respiración y sé que es mío el aliento
que revuelve diarios sobre la mesa sola

El desayuno respira por su cuenta
La leche esperó de más antes de asentarse
en lo espeso de mis pensamientos
-flota sobre el sueño una mosca

Soy ese temblor que registra el miedo a solas
Soy el papel del diario que reserva una mancha en las páginas centrales
Soy el papel que funge un insecto muerto y el hambre de un niño
que mira la puerta abierta y sabe que es su nombre el ahogado
-y que vuelve a cerrar los ojos hasta cerrarse el día


IV

El miedo ha caído por su propia boca
Vuelca el hígado un recuerdo que hinca y aterra
en ese gramo de vida que es miedo y rencor

No se ha vuelto a llamar casa a esta sombra

No queda más quietud que la de estos pasos cerrados sobre sí
el ensimismamiento que los desmorona en ruido y desarraigo
la avaricia del resplandor que recorría la voz al decir un nombre

A lo lejos tu casa muere entre tus manos
Nuestros ojos son su propio dolor y los huesos
dan el ancho de una muerte que se presiente en todos lados

Algo late en las costillas del cuarto que soy a solas

Abro la puerta y sé que es inútil escuchar el silencio
en el rincón del recuerdo que una mano señala
que alza el vuelo como ave que ha probado el vacío
y se levanta moribunda en mí  

No me atrevo a que la ausencia me mire de frente

Cabe en mi mano el mundo que me muere
entre murmullos y heridas de vida
donde levanta mi nombre la palabra
y me pronuncia el miedo al miedo que llevo en la boca
miedo al rencor que arraiga mi rostro de piedra
que se mira en una voz de hace años
y pugna se agrieta por jamás volver


V

Nada es más grande que este latido oscuro

Se levanta en medio de todos los cuartos
su respiración de ángel desierto

Su sangre es el silencio de un dios
que enmudeció al cerrarse la puerta

Me acerco a la ventana y escucho
el vaho de un invierno a punto de nacer

El odio rasca las paredes de nuestra casa
Sangran polvo sobre los huesos
abandonados al dormir

Las mesas sostienen el beso de la niebla
rezago del solsticio que en tus manos halló un nido

La memoria ríe empañada a solas
Vuelven a su cuadrante
sobre nuestras cabezas
las nubes de ese rencor súbito

*                            

Repita el fragor hasta cansarse
Repita el fragor hasta escanciarse
Repita el fragor hasta esclarecerse

*

La música herida se arrastra bajo las venas del sueño
En el revés de sus miedos sus humanas conjeturas
se deshacen en un instante
que va estrellarse contra los espejos

Más allá del hastío y la disgregación
Más allá del crepitar de una palabra con visos de la infancia
Lejos de la imagen que recorre los ejes del deterioro
Se alza la música en su aura de enredadera cubierta de tapias

Cruza por la ventana y escucha al otoño que muere
Revuelve por última vez el brillo irrecuperable
de un volcán en arias de la noche

Busca el árbol con sus viejos brazos en alto
La ventana a la que jamás ha de llegar a tiempo
y el azul de las rendijas que coloreaba el aire
en esa calle moribunda que todavía nos crece en los ojos
donde entrevemos la distancia absorta de nuestros cuerpos

El ruido que precede a la música arde en el fondo de todo esto
Era fragua en la garganta la voz que llamaba  
      [al otro lado del sueño
Era nuestra risa fundando estatuas en cada parque
¿Escuchas todavía el dolor con que se anclan a mi norte?
¿Sus pisadas de hierro que de luz oxidan nuestras caras?
El miedo es la casa que soy a solas
Sólo esto puede ser cierto


Nada es más grande que este latido oscuro.



*


















Abraham Ibáñez. Estudiante de Literatura en la UAP. Nació el 13 de diciembre de 1990 en la ciudad de Puebla. Ha publicado en medios electrónicos. En 2014 obtuvo el 1er lugar en la categoría Cuento del XV Premio Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Puebla. En 2015 obtuvo el 2° lugar en la décimo sexta edición del mismo premio en la categoría Poesía. Los poemas aquí incluidos son los meritorios de dicha gratificación.   






Mira nuestros pies/ Gabriel Rodriguez Liceaga

Vengo sentado en el metro, vibra el teléfono en mi bolsillo del pantalón. Lo saco para ver de quién se trata aunque estoy cien por ciento seguro que es Marisol. No le voy a contestar. ¿Qué voy a decirle? ¿Qué puedo yo decir que cambie algo? Son cosas que pasan. En parte fue tu culpa. Es lo mejor para los dos. Todas las relaciones llevan implícita su autodestrucción. El tiempo curará todo… ¡mentira! El tiempo es la enfermedad. El tiempo tiene la maldita culpa, como siempre. Tiembla quedo e inocente el maldito teléfono celular, como si tuviera frío. No le voy a contestar la llamada. Para qué escuchar a Marisol llorando, hipando, pidiéndome que haga algo. No se puede hacer ya nada. Con esta van once llamadas perdidas entre ayer y hoy. Tal vez debería sencillamente apagar el teléfono. ¿Pero y si me llaman del trabajo? Me urge que me llamen del trabajo. Viene lentísimo el metro. Cada vez es más infrahumano transportarse en esta ciudad. Al menos hasta ahora no se han aparecido los sujetos que cargan a cuestas una bocinota o los drogadictos que hacen malabares sobre fragmentos de botella o los sidosos que venden empanadas de atún. ¡Hazme el favor! Quién en su sano juicio le compraría alimentos a un sidoso. Son las cuatro y media. Quedé de verme a las cuatro con Ulises en el restaurante de Bellas Artes. No entiendo por qué le encanta ese restaurante de ancianos. Ulises quiere que conozca a su nueva novia. Estoy a dos estaciones de mi destino. Ojalá me preste el dinero que le pedí. Pienso en Marisol. Era linda Marisol. O más bien lo sigue siendo. El teléfono deja de vibrar. Imagino a Marisol desesperada al otro lado de la línea, con la cara roja de tanto llorar y los ojos de sapo. Aun así debe lucir bellísima. Un chamaco indígena recorre el vagón repartiendo pequeñas hojas color rosa fluorescente. Meneando la cabeza le indico que no estoy interesado en su misiva pero él de todas maneras coloca el papel arrugado en mi rodilla. Leo:

“Somos pobres, mira nuestros pies. Pido ayuda a usted ya que no tengo, y como vengo de la comunidad más pobre de puebla no tengo que comer, por lo cual le pido de todo corazón que me ayude con una moneda que no le afecte su economía y que dios lo bendiga”
           
Uno ya no puede salir de su casa sin que dios lo acabe bendiciendo en contra de su voluntad. Observo los pies descalzos del chiquillo alejándose mientras reparte sus tarjetas a lo largo de todo el vagón. Pies hinchados y ateridos de tanta mugre, pies con una cicatriz de carne haciendo las funciones de suela.
A Marisol se le reducía el corazón cuando un hambriento se le acercaba suplicante. O más bien, se le reduce. Obvio, que yo sepa, ella jamás ha viajado en metro. Es la típica mujer que quiere solucionar los problemas del mundo regalando dulces Acuario. También les obsequiaba cigarros a los limpiaparabrisas, hasta traía una cajetilla de Delicados exclusiva para ese fin. Cientos de veces me tocó verla pedir que pusieran las sobras de su comida para llevar. Pinche Marisol toda flaca pero regalando cajitas de unicel a las marchantas y vienevienes del rumbo. Más de una vez nos burlamos Ulises y yo de ella. ¡Preocuparse por los pobres! Eso es como del siglo pasado. Una vez le dije que los pobres eran tan necesarios como la gente que en un baile permanece sentada, para establecer así la diferencia entre una circunstancia y otra. Me gritó que era un ignorante y Ulises tuvo que intervenir. La voy a extrañar.
Estación Bellas Artes. Me bajo sin poder devolverle al chamaquito su tarjeta rosa fluorescente, la guardo doblada a la mitad. Regreso a la superficie. Qué día más espantoso. ¿Por qué me duele tanto lo de Marisol? No debería ser así. Ando cabizbajo, apesadumbrado, lento. Entro al Palacio. Vibra el teléfono de nuevo. ¡No puede ser! Qué mujer más ociosa. Reviso la pantalla, capaz son los de la chamba. No. Es Marisol. Leo su nombre en la pantalla parpadeante. No voy a responder. Camino rumbo al restorán. Tal como lo predije: está todo lleno de ancianos. Ulises me observa a lo lejos y sonríe.
–Pinche cabrón que llega tarde –grita y se acerca a mí para abrazarme. Nos besamos en la mejilla.
Vuelvo la mirada y en la mesa está sentado un escote. Lo reviso cínicamente. No hay mucho que agregar: dos tristes piquetes de mosco presumiblemente suaves y pecosos. 
–Te presento a mi hermano, Beatriz –dice Ulises. Y luego de reversa–. Beatriz, él es mi hermano.
La chica se pone de pie y me abraza, yo padezco una erección. O al menos la idea de una erección. En escasos cinco segundos Beatriz y yo intercambiamos saludos y miradas y sonrisas y estaturas. Somos casi del mismo tamaño, acaso podríamos hacer el amor de pie. Llega el mesero a interrumpir y tomamos asiento.
–Pide lo que quieras, nosotros ya comimos –dice Ulises–. Te tardaste un chingo.
–No hay fijón, desayuné bastante. No tengo hambre.
Pero sí tengo hambre. Me dan vuelta en el estómago apenas si cinco tacos de canasta. Observo a Ulises. No le cabe la sonrisa en el rostro. Sonrisa de idiota. Este baboso sí le compraría empanadas a un cabrón con sida.
–Pide algo de picar. ¿O qué te tomas?
–Un vodka con quina –ordeno.
–Estamos aquí desde temprano –cuenta mi hermano–, ya recorrimos todas las exposiciones. Es que Beatriz quiere ser pintora, ¿verdad?
La mujer sólo asiente con la cabeza. Mete un popote en un rinconcito de sus labios. Labios que parecen dos aves volando paralelas. Mujer pálida. Sus ojos azules me recuerdan el revés inestable de un disco compacto. No me gustan nada sus lentes. Enormes, sin chiste. Muerde el popote entretenidísima. Todo su cabello luce tenso, aprisionado por una coleta malhecha. Cabello color piolín. De hecho Beatriz parece un pollito recién mojado. Ulises la besa desde el cuello hasta la oreja. Sonríen. Actúan como si se conocieran desde siempre. Ambos tienen en los ojos un pedazo de sol: el fulgor de la novedad. Hallar un cuerpo nuevo y dispuesto.
–¿Cómo se conocieron? –pregunto.
–Ya ves cómo es mamón el destino –responde Ulises sin interrumpir su labor en el arete de la chica. Estoy seguro que esa frase la sacó de alguna película mexicana.
–Oye, Betty… ¿y qué opinas de la pobreza mundial? –pregunto. Ella se me queda viendo sin saber qué responder.
–Te está molestando, no le hagas caso –la protege mi hermano.
–Voy al baño –indica ella y se aleja. Ese diálogo es su única participación en toda la entrevista.
–¿Cómo ves? –me pregunta Ulises.
–Pues cógetela –respondo seco, dándole sorbos a mi vodka prácticamente antes de que lo ponga el mesero en la mesa. Apuro el trago para poder pedir uno más antes que nos desbandemos.
–Luego te cuento bien. Estoy contento, ¿sabes?
–Aprovéchalo. No es algo que te suceda tan seguido.
–Es un amor, no sabes…
–No es muy expresiva.
–Es porque está nerviosa. Me dijo que la ponía nerviosa conocerte.
–¿A mí? ¿Yo qué? Ulises quiero decirte dos cosas. Una, necesito que me pases la lana que te pedí. Dos, Marisol no deja de marcarme.
–No le contestes y ya.
–Doce llamadas perdidas y contando, no me chingues.
–No le contestes.
–La voy a extrañar –digo y le pido otro trago al mesero.
–Bueno, yo también la voy a extrañar pero qué se le va a hacer. Apaga el teléfono, es lo que yo hice. A la verga. Si sigue chingando cambiamos nuestras líneas.
–¡Qué fácil! Yo estoy esperando una llamada de la chamba. Necesito dinero.
–Es lo de menos, eso es lo de menos. Estoy feliz cabrón. Vamos a celebrar en la noche los tres. ¿Eh? Para que se vayan conociendo.
Ulises se levanta de golpe. Intercepta a su nueva noviecita que regresa de orinar. La toma de la mano y comienzan a bailar. Así nada más, sin música. No he decidido si eso me da pena ajena o envidia. Los rucos de las otras mesas se nos quedan viendo. Vibra el teléfono en mi bolsillo del pantalón. Es Marisol. Vibra dulcemente, con suavidad mecánica. Ellos bailan alegres, con lujo de torpeza. Ella sonríe, lo besa. Le pasa los brazos por la nuca. Lo besa, maldita sea. Observo el suelo. Para que los demás bailen es necesario que alguien permanezca sentado, así se establece la diferencia entre una circunstancia y otra. Soy pobre, miro mis pies.
–Ahorita vengo –exclamo y saco el teléfono de mi bolsillo. Respondo a la llamada alejándome hacia la otra ala del palacio.
–Bueno.
–Hola –dice ella, llorando, hipando–, qué bueno que contestas. Llevo todo el día marcándote. Estoy desesperada.
–Me imagino. No me llames por favor. Yo no tengo nada que ver.
–Tienes que hacer algo. Te lo suplico. Habla con él.
–¿Pero qué puedo yo decirle?
–Habla con él. A ti es al único que le hace caso. No me contesta mis llamadas, tiene apagado el celular. Cómo puede olvidar cuatro años en un día… no sé qué hacer.
–Nada, no hagas nada. Son cosas que pasan –digo y tomo asiento en unas escaleras. Trato de sonar contundente. La imagino divina y llorando maquillaje.
–¿Qué hice mal? Yo lo amo muchísimo.
–En parte fue tu culpa, Marisol…
–Lo amo, en serio lo amo.
–Yo creo que es lo mejor para los dos. Además todas las relaciones llevan implícita su autodestrucción… a lo mejor si dejas que pase el tiempo…
–No quiero perderlo… habla con él… habla con él…
No me está poniendo atención esta mujer. La escucho berrear y sonarse la nariz. Qué sonido tan tétrico el de una mujer llorando a través de un teléfono. Pareciera que la están matando. Permanezco en silencio también llorando, pero lágrimas invisibles. Se tranquiliza.
–¿Sigues ahí?
–Sí, sí. Recupérate y me vuelves a llamar.
Pero ninguno de los dos cuelga. Nos quedamos callados. Ulises debe seguir bailando o besando el cuello de la chulada esa y los hielos en mi vodka ya deben estar derritiéndose.
Un oficial me pide que me mueva, dice que ahí no puedo estar sentado.















Gabriel Rodríguez Liceaga (Ciudad de México, 1980) ha publicado el libro de cuentos "El demonio perfecto" (BUAP, 2008), las novelas "Balas en los ojos" (Ediciones B-Zeta bolsillo, 2011) y "El siglo de las mujeres" (Ediciones B, 2012). Fue ganador del Premio Bellas Artes de Cuento San Luis Potosí con el libro "Perros sin nombre" (2012). Es autor de "Niños tristes" (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2013) el cual se hizo acreedor del Premio Nacional de Narrativa "María Luisa Puga" (2010). También fue ganador del XII Premio Nacional de Cuento "Agustín Yáñez" con el libro "¡Canta, Herida!" bajo el seudónimo de Clemencia Corona. (http://no-estoy.blogspot.mx/)