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Grigori Wassiljewitsch, Fischer, 1840

Un rostro / Alejandro Arras







Un rostro







1


Marcel está sentado en el escritorio de su habitación y vive por entonces en la ciudad de Puebla. Es estudiante de la carrera de derecho y está un poco harto de las clases y las lecturas inverosímiles. Es una noche de agosto del año 2012. Revisa la obra de un artista que retrata jóvenes que viven en la lejana ciudad de Nueva York. Está sentado cómodamente ante su escritorio de madera y mira las fotografías: corren por unas calles vacías, ríen a carcajadas, posan otros abrazados en una banca que parece muy fría. De aspecto andrógino casi todos. El autor de la obra se llama Chad Moore y Marcel mira la serie de imágenes hasta encontrar un retrato en blanco y negro que llama su atención más que las demás imágenes del portal de Internet. Una mujer de no más de veinte años observa de frente, sentada dentro de algún bar con luces rojas, levantando ligeramente el labio hacia el lado derecho. Cejas pobladas, cabello largo y obscuro. No se distingue la altura de la mujer ni tampoco el color de sus ojos pero se nota con facilidad la arrogancia de quienes viven de su belleza, de esa divinidad que es ser más atractivo que los demás. Mantiene los brazos cruzados por encima de una mesa, su expresión revela algo etéreo y casi religioso. La descripción solo dice Suzanne, 2011.
Marcel guarda la imagen en un a carpeta marcada con un color azul -en esa carpeta colecciona pinturas y fotos de un sin fin de escritores- e inmediatamente configura el retrato de la mujer como fondo de su computadora.
Tres meses permanece la imagen. Posa diariamente frente a él, en soledades absolutas y días miserables, generando luego una complicidad extraña, lo cual le hace pensar en las reflexiones que provocan la decoración de los hogares de la infancia. La mujer destaca como protagonista de su escritorio virtual, la observa todos los días, antes de escribir cualquier documento o antes de revisar sus mensajes o antes de mirar alguna película o la entrada de sus notas o frente al monitor comiendo un plato de cereal o al cerrar y abrir otra ventana o antes de dormir, ya pasadas las horas de la madruga con mucho sueño, apagando la computadora para por fin volver a encontrarla ahí al día siguiente.
Para el segundo mes, Marcel ha revelado detalles mínimos en el retrato. Hay un señor que cruza detrás de un vidrio, un pedazo de mano, un grupo de jóvenes riendo en otra mesa y un diminuto cuadro con Marlon Brandon en una pared de tabique.
Después de algún tiempo, probablemente por eso del cuarto mes, Marcel cambia aquel fondo de pantalla porque siente que debe de cambiarlo, por el simple hecho de cambiar de vez en cuando las cosas. Como cuando de niño Marcel modificaba la posición de su cama o de alguna lámpara, de un ángulo a otro, para sentir una sensación de renovación en su habitación. Y es así entonces que decide cambiar el retrato de la joven andrógina por una pintura que ahora no importa mucho recordar.


2

Septiembre del 2016.

Los días están repletos de casualidades pero esa tarde algo súbito sacudió por completo la vida de nuestro protagonista. Era una época alegre de su vida y tenía veintitrés años. Andaba perdido adrede por las líneas del metro de Nueva York, como un explorador sin rumbo, con la peculiar costumbre de descender en cualquier estación como si se tratara de un juego de azar. Bajó en la estación de Canal Street en esa ocasión, con hambre y con un libro metido en el bolsillo de su chamarra y fue el sonido de un instrumento oriental que se distinguió cuando las puertas del vagón se abrieron lo que lo motivó a iniciar su recorrido desde aquella zona sur de la ciudad. Un anciano tocaba absorto junto a las escaleras, con los ojos ocultos, meditabundo como un sabio de hace siglos. Los pasajeros solo esperaban, mirando hacia el suelo como animales disecados apunto de estallar. Antes de salir contempló al viejo del erhu por unos cuantos minutos. Pensó en China, en algunos poetas chinos que le gustaban, en que China era un país demasiado lejano y luego se sumergió por las calles. A pesar de que había un gentío de peatones malhumorados que apretaban el paso a cada momento y no había comido mas que un pan con café, se sentía con un animo inusual por explorar la inmensa urbe. El cielo resplandecía en un azul sin nubes elevándose como un océano de cabeza. Los charcos de los puestos desprendían cada diez metros un olor intenso a pescado y fue entonces que Marcel se acordó efímeramente de unas vacaciones de su infancia por las playas de Acapulco. Unas viejas vacaciones, hace más de quince años. Intrusa sensación, entre el asco y la alegría.
Después, al cruzar por los limites de China Town, tropezó frente a varias turistas que cargaban idénticos manuales, abiertos frente a sus narices, con los destinos predilectos de la gran ciudad. Giraban la cabeza entorno a los edificios y los locales, apretando la mirada con esa expresión de incertidumbre que simula sonrisita falsa. Enfocando los ojos hacia quien sabe dónde, intentando soñar luces que no existen. Minutos después, recorrió varias cuadras hacia el norte y entró a un café entre Mott y Broome Street. El sitio tenía una fachada negra y enormes puertas de cristal. Había llegado a una zona de clase alta, se percató por el tipo de gente que deambulaba por allí. Güeros trajeados con perros humanoides. Oh my good, Becky!, al pasar frente a las mesitas de un restaurante. Dos o tres sujetos de zapatos relucientes hablando como esquizofrénicos por medio de sus manos libres. Se empezaban también a ver gimnasios y restaurantes con nombres como Greenspot y cosas tramposas como esas. El nombre del café al que entró Marcel no lo sabemos con exactitud, pero sí sabemos que al entrar un par de jóvenes con gafas obscuras y berrets en la cabeza interrumpieron su conversión para echarle un vistazo.
Ya dentro del local pidió un café americano porque tenía que pedir algo y se sentó en la única mesa disponible del rincón. Para entonces Marcel había notado que la mayor parte de las personas en Nueva York no se sentaban en los cafés sino más bien caminaban con vaso en mano hacia todas partes: en el metro, en el coche, en las tumultuosas y ruidosas calles. Todo un deporte extremo, pensó por un instante. La puerta del baño estaba justo a su izquierda y a cada rato una licuadora resonaba como queja incomprendida detrás de la barra de la cocina. Un sujeto tatuado hasta el cuello se mantenía parado frente a la caja y una chica de cabello rosa preparaba las bebidas alargando una sonrisita fingida y arrogante.
Así pues Marcel se dispuso a leer todo ese rato el libro que llevaba en su bolsillo. Una esplendida edición con portada blanca y letras rojas con los cuentos completos de Carson McCullers. Leía los cuentos con mucha complicidad. Sus ojos contra la pagina abierta, como tramando algo arriesgado, volviendo la mirada de vez en cuando hacia su alrededor para curiosear a los que entraban y salían por la puerta principal.
Hacia poco tiempo que Marcel vivía en aquella ciudad que se parecía poco a las películas que había visto antes. Nueva York le resultaba un espejismo con pocas esperanzas, pero para el segundo mes entendió la salvaje maquinaria que hacía mover a la ciudad de los sonámbulos. Dormía todas las noches en un sofá cama en el corazón del sur del Bronx, a un costado de un parque que era un nido de drogadictos, y ahorraba casi todo el dinero que ganaba para comprar libros y salir de noche y regresar a casa hasta pasado el amanecer.
Trabajaría ahí dos meses más, en un pequeño restaurante mexicano que había abierto un viejo amigo de su madre cerca del parque de Morningside. El nombre del restaurante brillaba por la noches con los tres colores de la bandera mexicana. La Adelita, se llamaba. Ya empezaba a ser muy concurrido por los estudiantes de la universidad de Columbia y la carta contaba con tacos de carnitas y demás antojitos mexicanos a precios que en México sencillamente parecerían una broma de muy mal gusto. Marcel estaría tres meses más ahí, la paga no era mala y tenía todos los jueves libres para hacer lo que se le diera la gana.
Y es que esa tarde era precisamente un jueves. Después de leer alrededor de dos horas en el café de nombre desconocido, pasó luego a sentarse en la banquita de madera de la entrada del café para fumarse uno de los últimos cigarros que le quedaban. Decidido a continuar caminado hacia otra parte, se fue de regreso al sur de Manhattan con ese pasito medio jorobado que lo caracteriza. Pensaba regresar a China Town para luego abordar la estación por la que había llegado y continuar con su errante rutina.
Avanzó entonces unas tres cuadras más o menos y al llegar a Hester y Bowery Street, en una esquina por donde transitaban velozmente los coches Marcel reconoció a una mujer. Esperaba del otro lado la señal del semáforo peatonal, contra esquina a él, a muy pocos metros de distancia. Alta, de cabello obscurísimo. Muy pálida y muy bella, como a él le gustaba imaginarlas en los relatos de Raymond Carver. La tarde se mantenía con una luz intensa y Marcel parecía petrificado, sus pensamientos aleteando como moscas dentro de una tómbola de figuras demasiado confusas. No lo podía creer. Sus piernas parecían quebrarse. Las probabilidades de encontrarse con aquella mujer le resultaban inimaginables y pensó inmediatamente que esa debería de ser la sensación con la que un asesino comete un crimen. La mano roja del semáforo cambió indicándoles el paso. La mujer echó un vistazo a Marcel, de reojo, como intentado atraer su atención. Marcel tragó saliva. Cruzó a menos de dos metros de él. Marcel bajó la mirada intimidado y guardó sus manos en los bolsillos del pantalón como si nada hubiera pasado. Se detuvo repentinamente al dar unos cuantos pasos y volteó para verla de espaldas. Notó su altura, la dimensión de su perfil. Pensó en el retrato de su computadora y se preguntó cosas absurdas sobre el azar y los encuentros casuales y después se dijo que eran tonterías aquellos pensamientos. Esa vez la mujer no apareció en blanco y negro y al llegar a la estación el hombre del erhu ya se habría ido.










Alejandro Arras por Daniel Lezama. Noviembre del 2016
Alejandro Arras por Daniel Lezama. Noviembre del 2016








Alejandro Arras (México, D.F. 1992) Estudiante de la carrera de Ciencias Políticas en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Ha sido publicado por las revistas Opción, Circulo de Poesía, Critica Re, entre otras.














US writer, Carson McCULLERS. Henri Cartier-Bresson 1946. USA. NYC.

Póngase usted en mi lugar / Raymond Carver


Estaba pasando la aspiradora cuando sonó el teléfono. Había ido haciendo todo el apartamento y ahora estaba en la sale, utilizando el accesorio de la boquilla para llegar a los pelos de gato que había entre los cojines. Se detuvo y escuchó: luego apagó la aspiradora. Fue a coger el teléfono.


—¿Sí? —dijo—. Myers al aparato.

—Myers —dijo ella—. ¿Cómo estás? ¿Qué haces?
—Nada —dijo él—. Hola, Paula.
—Va a haber una fiesta en la oficina luego —dijo ella—. Estás invitado. Te invitó Carl.
—No creo que pueda ir —dijo Myers.
—Carl me acaba de decir: llama a tu hombre por teléfono. Haz que se venga a tomar una copa. Hazle salir de su torre de marfil, que regrese al mundo real durante un rato. Carl es un tipo curioso cuando bebe. ¿Myers?
—Te he oído —dijo Myers.
Myers había trabajado para Carl. Carl siempre hablaba de irse a París a escribir una novela, y cuando Myers dejó el trabajo para escribir una novela, Carl le dijo que estaría atento pare cuando apareciera el nombre de Myers en las listas de best sellers.
—No puedo ir —dijo Myers.
—Nos hemos enterado de algo horrible esta mañana —continuó Paula como si no le hubiera oído—. ¿Te acuerdas de Larry Gudinas? Aún trabajaba aquí cuando tú venías por la oficina.
Estuvo echando una mano en los libros de ciencia durante un tiempo. Luego lo pusieron en trabajo de campo, y luego lo despidieron. Nos hemos enterado esta mañana de que se ha suicidado. Se ha pegado un tiro en la boca. ¿Te imaginas? ¿Myers?
—Te he oído —dijo Myers. Trató de recordar a Larry Gudinas y visualizó a un hombre alto y encorvado, con gafas de montura metálica, llamativas corbatas y unas entradas imparables.
Imaginó la sacudida, el brinco de la cabeza hacia atrás.
—Caramba —dijo Myers—. Lo siento.
—Vente a la oficina, ¿me oyes, cariño? —dijo Paula—. Estamos todos charlando y tomando una copa; escuchamos canciones navideñas. Venga, ven —dijo.
Myers, al otro lado de la línea, oía todo lo que le decía Paula.
—No me apetece —dijo—. ¿Paula? —Vio unos cuantos copos de nieve que se desplazaban de lado a lado de la ventana. Pasó los dedos por el cristal, y luego, mientras esperaba, se puso a escribir su nombre en él.
—¿Qué? Sí, te he oído —dijo ella—. Está bien —dijo Paula—. ¿Por qué no nos vemos en Voyles y tomamos una copa, entonces? ¿Myers?
—De acuerdo —dijo él—. En Voyles. De acuerdo.
—Todo el mundo se va a sentir decepcionado al ver que no vienes —dijo ella—. En especial Carl. Carl te admira, ¿sabes? Te admira de veras. Me lo ha dicho. Admira tu valor. Me dijo que si tuviera tu valor habría dejado todo esto hace años. Que hace falta valor para hacer lo que hiciste. ¿Myers?
—Estoy aquí —dijo Myers—. Creo que podré poner el coche en marcha. Si no consigo ponerlo en marcha, te doy un telefonazo.
—De acuerdo —dijo ella—. Quedamos en Voyles. Si no me llamas, salgo en cinco minutos.
—Saluda a Carl de mi parte —dijo Myers.
—Lo haré —dijo Paula—. Está hablando de ti.
Myers guardó la aspiradora. Bajó los dos tramos de escaleras y fue hasta su coche, que ocupaba la plaza del fondo y estaba cubierto de nieve. Se puso al volante, apretó unas cuantas veces el pedal y dio a la llave de contacto. El motor arranco. Siguió pisando a fondo.
Durante el trayecto miró a la gente que se apresuraba por las aceras cargadas de paquetes. Echó una ojeada al cielo gris, lleno de copos de nieve, y a los altos edificios que tenían nieve en las grietas y en los derrames de las ventanas. Trató de captarlo todo con los ojos, de retenerlo pare más tarde. Acababa de terminar una historia y aun no había dado comienzo a la siguiente, y se sentía despreciable. Llegó a Voyles, un pequeño bar situado en una esquina, junto a una tienda de ropa de hombre. Aparcó en la parte de atrás y entró en el bar. Se sentó un rato a la barra y luego cogió su bebida y fue a sentarse a una mesita, al lado de la puerta.
Cuando Paula entro en el bar y dijo «Feliz Navidad», él se levantó y le dio un beso en la mejilla. Y le ofreció una silla.
—¿Un escocés? —dijo.
—Un escocés —dijo ella. Y luego, a la chica que vino a atenderles—: Un escocés con hielo.
Paula cogió y apuró el vaso de Myers.
—Tráigame otro a mí también —le dijo Myers a la chica—. No me gusta este bar —dijo luego, cuando la chica se hubo ido.
—¿Qué tiene de malo este bar? —dijo Paula—. Siempre venimos aquí.
—No me gusta, eso es todo —dijo él—. Nos tomamos la cope y nos vamos a otra parte.
—Como quieras —dijo ella.
La chica se acercó con las bebidas. Myers pago. Brindaron. Myers la miraba ?jamente.
—Carl te manda saludos —dijo ella.
Myers asintió con la cabeza.
Paula bebió unos sorbos de whisky.
—¿Cómo te ha ido el día?
Myers se encogió de hombros.
—¿Qué has hecho? —dijo ella.
—Nada —dijo él—. He pasado la aspiradora.
Paula le tocó la mano.
—Todo el mundo me ha dicho que te salude de su parte.
Se terminaron el whisky.
—Tengo una idea —dijo ella—. ¿Por qué no pasamos un rato a ver a los Morgan? Todavía no los conocemos, santo cielo, y ya hace meses que han vuelto. Podríamos pasar por su casa a saludarles: «Hola, somos los Myers.» Además nos mandaron una postal. Nos decían que pasáramos a verlos en vacaciones. Nos invitaron. No quiero ir a casa —dijo por último, y buscó un cigarrillo en su bolso.
Myers recordó haber encendido la estufa y apagado las luces antes de salir. Y luego pensó en los copos de nieve que cruzaban despacio por la ventana.
—¿Y que me dices de aquella carta insultante diciéndonos que les habían contado que teníamos un gato en la case? —dijo Myers.
—Se habrán olvidado ya del asunto —dijo ella—. De todos modos, no era nada grave. ¡Oh, venga, Myers! Vamos a hacerles una visita.
—Antes tendríamos que llamar… en caso de que lo hiciéramos —dijo él.
—No —dijo ella—. Es parte del juego. Vayamos sin llamar. Llegamos y llamamos a la puerta y decimos: «Hola, vivíamos aquí.» ¿De acuerdo, Myers?
—Creo que antes deberíamos llamar.
—Son vacaciones —dijo ella, levantándose—, Venga, querido.
Le cogió del brazo y salieron a la nieve. Sugirió ir en su coche. El de Myers lo recogerían luego. Myers le abrió la portezuela del conductor y dio la vuelta al coche pare ocupar el otro asiento.
Le invadió una suerte de turbación cuando vio las ventanas iluminadas, la nieve en el tejado, y la rubia en el camino de entrada. Las cortinas estaban descorridas, y un árbol de Navidad parpadeaba hacia ellos desde la ventana.
Se apearon del coche. Myers cogió por el codo a Paula al pasar por encima de un montón de nieve, y echaron a andar hacia el porche delantero. Habían avanzado apenas unos pasos cuando un perro de tupidas greñas salió como un rayo de la esquina del garaje y se echó encima de Myers.
—Oh, Dios —dijo él, agachándose, reculando, levantando las manos. Resbaló, con los faldones del abrigo ondeando al aire, y cayó sobre el césped helado con la certeza aferradora de que el animal arremetería contra su garganta. El perro gruñó una vez y se puso a olisquearle el abrigo.
Paula cogió un puñado de nieve y lo lanzó contra el perro. La luz del porche se encendió, se abrió la puerta y un hombre gritó:
—¡Buzzy!
Myers se levantó del suelo y se sacudió la nieve de la ropa.
—¿Qué pasa? —dijo el hombre desde el umbral—. ¿Quien es? Buzzy, ven aquí, muchacho. ¡Ven aquí!
—Somos los Myers —dijo Paula—. Venimos a desearles feliz Navidad.
—¿Los Myers? —dijo el hombre del umbral—. ¡Fuera de aquí, Buzzy! Vete al garaje. ¡Vamos, vamos! Son los Myers —le dijo luego a la mujer que estaba a su espalda tratando de mirar por encima de su hombro.
—Los Myers —dijo la mujer—. Bueno, diles que pasen. Invítales a pasar, por el amor de Dios. Salió al porche y dijo—: Entren, por favor. Hace un frío que pela. Soy Hilda Morgan, y éste es Edgar. Mucho gusto en conocerles. Entren, por favor.
Se dieron un rápido apretón de manos en el porche. Myers y Paula pasaron al interior y Morgan cerró la puerta.
—Déjenme los abrigos. Quítenselos, por favor —dijo Edgar Morgan—. ¿Está usted bien? —le dijo a Myers, mirándole atentamente. Myers asintió con la cabeza—. Sabía que ese perro estaba loco, pero nunca había hecho nada parecido. Lo he visto todo. Estaba mirando por la ventana en ese preciso instante.
El comentario le sonó extraño a Myers, y miró al dueño de la casa. Edgar Morgan era un cuarentón casi calvo del todo; llevaba unos pantalones y un suéter, y unas zapatillas de piel.
—Se llama Buzzy —declaró Hilda Morgan, e hizo una mueca—. Es el perro de Edgar. Yo me niego a tener un perro en casa, pero Edgar compró este animal y prometió tenerlo siempre fuera.
—Duerme en el garaje —dijo Edgar Morgan—. No hace más que pedir que le dejen entrar, pero no podemos permitírselo, ya entienden. —Morgan soltó una risita—. Pero siéntense, siéntense. Si es que encuentran dónde en todo este desorden. Hilda, cariño, quita alguna cosa del sofá pare que Mr. y Mrs. Myers puedan sentarse.
Hilda Morgan retiró del sofá paquetes, papeles de envolver, unas tijeras, una caja de cintas, lazos… Lo puso todo en el suelo.
Myers reparo en que Morgan le miraba de nuevo ?jamente, y esta vez sin sonreír.
Paula dijo:
—Myers, tienes algo en el pelo, cariño.
Myers se pasó la mano por detrás de la cabeza y se quitó una ramita y se la metió en el bolsillo.
—Ese perro… —dijo Morgan, y volvió a reír—. Estábamos tomándonos un ponche caliente y envolviendo unos regalos de última hora. ¿Quieren que hagamos un brindis por las ?estas? ¿Qué quieren tomar?
Cualquier cosa —dijo Paula.
Cualquier cosa —dijo Myers—. No quisiéramos molestar.
—Tonterías —dijo Morgan—. Sentíamos… mucha curiosidad por ustedes, los Myers. ¿Tomará un ponche, Mr. Myers?
—Muy bien —dijo Myers.
—¿Y Mrs. Myers? —dijo Morgan.
Paula asintió con la cabeza.
—Dos porches, entonces —dijo Morgan—. Cariño, nosotros también ¿verdad? —le dijo a su mujer—. La ocasión lo exige. Cogió la taza de su esposa y fue a la cocina. Myers oyó cerrarse de golpe la puerta de un armario y luego una palabra ahogada que sonó como un juramento. Myers pestañeó. Miró a Hilda Morgan, que se estaba acomodando en una silla, a un costado del sofá.
—Siéntense aquí, los dos —dijo Hilda Morgan. Dio unos golpecitos en el brazo del sofá—. Aquí, junto al fuego. Mr. Morgan lo atizará en cuanto vuelva—. Se sentaron. Hilda Morgan enlazó las manos sobre el regazo y se inclinó un poco hacia adelante, estudiando la cara de Myers.
La sala seguía como Myers la recordaba, con excepción de tres pequeñas litografías enmarcadas que colgaban de la pared, a espaldas de Mrs. Morgan. En una de ellas, un hombre con levita y chaleco se tocaba ligeramente el sombrero delante de unas señoritas con sombrillas. Eso ocurría en un lugar con gran afluencia de gente y caballos y carruajes.
—¿Qué les pareció Alemania? —dijo Paula. Estaba sentada en el borde del sofá, con el bolso sobre las rodillas.
—Nos encantó Alemania —dijo Edgar Morgan, que volvía en aquel momento de la cocina con una bandeja con cuatro grandes tazas. Myers reconoció las tazas.
—¿Ha estado usted en Alemania, Mrs. Myers? —preguntó Morgan.
—Queremos ir —dijo Paula—. ¿No es cierto, Myers? Quizá el año que viene, el verano que viene. O el otro. En cuanto vayamos algo más sobrados de dinero. Quizás en cuanto Myers venda algo. Myers escribe.
—Pienso que un viaje a Europa le vendría muy bien a un escritor —dijo Edgar Morgan. Puso las tazas sobre unos posavasos—. Por favor, sírvanse. —Se sentó en una silla, enfrente de su esposa, y miró a Myers—. Decía en la carta que había dejado su empleo pare escribir.
—Cierto —dijo Myers, y bebió un sorbo de ponche.
—Escribe algo casi todos los días —dijo Paula.
—¿De veras? —dijo Morgan—. Sorprendente. ¿Y qué ha escrito hoy, si me permite la pregunta?
—Nada —dijo Myers.
—Estamos en fiestas —dijo Paula.
—Estará orgullosa de él, Mrs. Myers —dijo Hilda Morgan.
—Lo estoy —dijo Paula.
—Me alegro por usted —dijo Hilda Morgan.
—El otro día oí algo que quizá pueda interesarle —dijo Edgar Morgan. Sacó tabaco y empezó a llenar la pipa. Myers encendió un cigarrillo y miró a su alrededor en busca de un cenicero; luego dejó caer la cerilla detrás del sofá.
—Es una historia horrible, en realidad. Pero tal vez le sirva, Mr. Myers. —Morgan encendió una cerilla y se dio fuego a la pipa—. El granito de arena y todo eso, ya sabe —dijo Morgan, y se echó a reír y sacudió la cerilla—. El tipo era de mi edad, poco más o menos. Durante un par de años fue colega mío. Nos conocíamos un poco, y teníamos buenos amigos comunes. Un día se marchó, aceptó un puesto allá en la universidad del estado. Bien, ya sabe lo que sucede a veces… El tipo tuvo un idilio con una de sus alumnas.
Mrs. Morgan emitió un ruido de desaprobación con la lengua. Cogió un pequeño paquete envuelto en papel verde y se puso a pegarle encima un lazo rojo.
—Según se cuenta, fue un idilio ardiente que duró varios meses —siguió Morgan—. Hasta hace muy poco, de hecho. Hasta la semana pasada, para ser exactos. Esa noche le comunicó a su esposa, con la que llevaba veinte años, que quería el divorcio. Imagine cómo se lo tuvo que tomar la pobre mujer, al oír aquello de buenas a primeras, como quien dice. Se organizó una buena trifulca. Metió baza toda la familia. La mujer le ordenó que se fuera inmediatamente. Pero cuando el hombre estaba a punto de irse, su hijo le tiró una lata de sopa de tomate que le alcanzó en la frente. El golpe le produjo una conmoción cerebral, y le mandaron al hospital. Y su estado es grave.
Morgan dio unas chupadas a su pipa y observó a Myers.
—Jamás había oído nada parecido—dijo Mrs. Morgan—. Edgar, es repugnante.
—Es horrible —dijo Paula.
Myers se sonrió burlonamente.
—Ahí tiene materia para un cuento, Mr. Myers —dijo Morgan, captando su sonrisa y entrecerrando los ojos—. Piense en la historia que podría usted urdir si lograra penetrar en la cabeza de ese hombre.
—O en la de ella —dijo Mrs. Morgan—. En la de la mujer. Piense en su historia. Ser engañada de tal modo después de veinte años de matrimonio. Piense en como se tuvo que sentir.
—Pero imaginen por lo que está pasando el pobre chico —dijo Paula—. Imagínenlo. Un hijo que por poco mata a su padre.
—Sí, todo eso es cierto —dijo Morgan—. Pero hay algo a lo que creo que ninguno ha prestado atención. Piensen un momento en lo que voy a decir. ¿Me escucha, Mr. Myers? Dígame lo que opina de esto. Póngase en el lugar de esa alumna de dieciocho años que se enamora de un hombre casado. Piense en ella unos instantes, y verá las posibilidades que tiene esa historia.
Morgan asintió con la cabeza y se echo hacia atrás en la silla con expresión satisfecha.
—Me temo que no siento por ella la menor simpatía —dijo Mrs. Morgan—. Imagino la clase de chica que es. Ya sabemos cómo son, esas jovencitas que echan el anzuelo a hombres mayores. Y él tampoco me inspira ninguna simpatía. El, el hombre, el don Juan; no, ninguna simpatía. Me temo que mis simpatías, en este caso, son sodas pare la mujer y el hijo.
—Haría falta un Tolstoi para contar la historia, para contarla bien —dijo Morgan—. Un Tolstoi, ni más ni menos. El ponche aún está caliente, Mr. Myers.
—Tenemos que irnos —dijo Myers.
Se levantó y tiró la colilla al fuego.
—No se vayan todavía —dijo Mrs. Morgan—. Aún no hemos tenido tiempo de conocernos. No saben cuánto hemos… especulado acerca de ustedes. Ahora nos hemos reunido al fin. Quédense un rato más Ha sido una sorpresa agradable.
—Le agradecemos la postal y la nota —dijo Paula.
—¿La postal? —dijo Mr. Morgan.
Myers tomó asiento.
—Nosotros decidimos no mandar ninguna postal este año —dijo Paula—. No me puse cuando debía, y nos pareció que no valía la pena hacerlo en el último momento.
—¿Tomará otro ponche, Mrs. Myers? —dijo Morgan, de pie ante ella, con la mano en su taza—. Servirá de ejemplo para su esposo.
—Estaba muy bueno —dijo Paula—. Hace entrar en calor.
—Muy bien —dijo Morgan—. Te hace entrar en calor. Exacto. Cariño, ¿has oído a Mrs. Myers? Te hace entrar en calor. Estupendo. ¿Mr. Myers? —dijo Morgan, y aguardó—. ¿Nos acompañará también?
—De acuerdo —dijo Myers, y dejó que Morgan recogiera su taza.
El perro empezó a gimotear y a arañar la puerta.
—Ese perro… No sé qué mosca le ha picado —dijo Morgan. Fue a la cocina, y esta vez Myers oyó claramente como Morgan maldecía al dar con la olla de hervir el agua contra uno de los quemadores.
Mrs. Morgan se puso a tararear una melodía. Cogió un paquete a medio envolver, cortó un trozo de cinta adhesiva y empezó a pegar el envoltorio.
Myers encendió un cigarrillo. Dejo la cerilla en su posavasos. Miró el reloj.
Mrs. Morgan levantó la cabeza.
—Me parece que están cantando —dijo. Se quedó quieta, escuchando. Se levantó de la silla y fue hasta la ventana de la sala—. ¡están cantando! ¡Edgar! —llamó.
Myers y Paula se acercaron a la ventana.
—Llevo años sin ver a esos grupos que cantan villancicos —dijo Mrs. Morgan.
—¿Qué pasa? —dijo Morgan. Traía la bandeja con las tazas—. ¿Qué pasa? ¿Sucede algo?
—Nada, cariño. Que cantan villancicos. Allí están, míralos. En la acera de enfrente —dijo Mrs. Morgan.
—Mrs. Myers —dijo Morgan acercando la bandeja—. Mr. Myers. Cariño…
—Gracias —dijo Paula.
—Muchas gracias —dijo Myers.
Morgan dejó la bandeja en la mesa y volvió a la ventana con su taza. Unos chiquillos se habían agrupado en el paseo, delante de la casa de enfrente. Eran chicos y chicas pequeños y un muchacho algo mayor y más alto con bufanda y abrigo. Myers vio las caras en la ventana de la casa de enfrente —la de los Ardrey—, y cuando terminaron de cantar sus villancicos, Jack Ardrey salió a la puerta y le dio algo al chico mayor. El grupo siguió por la acera, haciendo fluctuar las linternas en la oscuridad, y se detuvo frente a otra casa.
—No van a pasar por aquí —dijo Mrs. Morgan al rato.
—¿Que? ¿Por qué no van a venir a nuestra casa? —dijo Morgan, y se volvió a su mujer—. ¡Qué tonterías dices! ¿Por qué no van a pasar por aquí?
—Sé que no van a hacerlo —dijo Mrs. Morgan.
—Y yo digo que sí —dijo Morgan—. Mrs. Myers, ¿van a pasar esos chicos por aquí o no? ¿Qué dice usted? ¿Volverán para bendecir esta casa? Lo dejaremos en sus manos.
Paula se pegó al cristal de la ventana. Pero el grupo se alejaba ya por la acera en dirección contraria. Y Paula guardó silencio.
—Bien de nuevo los ánimos calmados —dijo Morgan, y fue a sentarse en su silla. Frunció el ceño y se puso a llenar la pipa.
Myers y Paula volvieron al sillón. Mrs. Morgan se retiró al fi?n de la ventana. Se sentó. Sonrió y miró dentro de su taza. Luego dejó la taza sobre la mesa y se echó a llorar.
Morgan le tendió un pañuelo. Miró a Myers. Instantes después Morgan se puso a tamborilear con la mano en el brazo del sillón. Myers movió los pies. Paula buscó en su bolso un cigarrillo.
—¿Ves lo que has hecho? —dijo Morgan, fijando los ojos en algo que había sobre la alfombra, junto al pie de Myers.
Myers hizo acopio de ánimo para levantarse.
—Edgar, sírveles otra bebida —dijo Mrs. Morgan mientras se pasaba la mano por los ojos. Utilizó el pañuelo para sonarse—. Quiero que oigan lo de Mrs. Attenborough. Mr Myers es escritor. Creo que la historia podría interesarle. Esperaremos a que vuelvas para contarla.
Morgan retiró las tazas. Las llevó a la cocina. Myers oyó un estrépito de platos, de puertas de armario que se cerraban. Mrs. Morgan miró a Myers y esbozó una leve sonrisa.
—Tenemos que irnos —dijo Myers—. Tenemos que irnos. Paula, coge el abrigo.
—No, no. Insistimos, Mr. Myers —dijo Mrs. Morgan—. Queremos que oiga lo de Mrs. Attenborough, la pobre Mrs. Attenborough. También a usted le interesará, Mrs. Myers. Tendrá ocasión de ver cómo la mente de su marido se pone a trabajar sobre un material en bruto.
Morgan volvió de la cocina y distribuyó las tazas de ponche. Y se sentó en seguida.
—Cuéntales lo de Mrs. Attenborough, cariño —dijo Mrs. Morgan.
—Ese perro por poco me arranca la pierna —dijo Myers, y se asombró al instante de sus propias palabras. Dejó la taza encima de la mesa.
—Oh, vamos, no fue para tanto —dijo Morgan—. Lo vi todo.
—Los escritores, ya se sabe—le dijo a Paula Mrs, Morgan—. Les encanta exagerar.
—El poder de la pluma y todo eso —dijo Morgan.
—Eso es —dijo Mrs. Morgan—. Convierta su pluma en reja de arado, Mr. Myers.
—Que sea Mrs. Morgan quien cuente lo de Mrs. Attenborough —dijo Morgan, sin hacer el menor caso a Myers, que se ponía en pie en aquel momento—. Mrs. Morgan tuvo que ver directamente en el asunto. Yo ya he contado lo del tipo descalabrado por una lata de sopa. —Morgan soltó una risita—. Dejaremos que esto lo cuente Mrs. Morgan.
—Cuéntalo tu, querido. Y usted, Mr. Myers, escuche con atención —dijo Mrs. Morgan.
—Nos tenemos que ir —dijo Myers—. Paula, vámonos.
—Qué sinceridad la suya —dijo Mrs. Morgan.
—Sí, exacto —dijo Myers. Luego dijo—: Paula, ¿vienes?
—Quiero que escuchen la historia —dijo Morgan, alzando la voz—. Ofenderá usted a Mrs. Morgan, nos ofenderá a los dos si no la escucha. —Morgan apretó la pipa entre los dedos.
—Myers, por favor —dijo, inquieta, Paula—. Quiero oírla. Y luego nos vamos. ¿Myers? Por favor, cariño, siéntate un minuto.
Myers la miró. Paula movió los dedos, como haciéndole una seña. Myers vaciló, y al cabo se sentó a su lado.
Mrs. Morgan comenzó:
—Una tarde, en Munich, Edgar y yo fuimos al Dortmunder Museum. Había una exposición sobre la Bauhaus aquel otoño, y Edgar dijo que al diablo con todo, que nos tomáramos el día libre. Estaba con sus trabajos de investigación, ya saben, y dijo que al diablo, que nos tomábamos el día libre. Cogimos un tranvía y atravesamos Munich hasta llegar al museo. Dedicamos varias horas a ver la exposición y a visitar de nuevo algunas de las salas de pintura, en homenaje a algunos grandes maestros por los que Edgar y yo sentimos una especial devoción. Justo antes de marcharnos, entré en el aseo de señoras. Y me dejé el bolso. Dentro llevaba el cheque mensual de Edgar que nos acababa de llegar de los Estados Unidos el día anterior, y ciento veinte dólares en metálico que íbamos a ingresar junto con el cheque. También llevaba mi carnet de identidad. No eché a faltar el bolso hasta llegar a casa. Edgar llamó inmediatamente al museo. Hablaba con la dirección cuando vi que un taxi se paraba ante nuestra casa. Se apeó una mujer bien vestida, de pelo blanco. Era una mujer corpulenta, y llevaba dos bolsos. Avisé a Edgar y fui a la puerta. La mujer se presentó como Mrs. Attenborough, me entregó el bolso y explicó que también ella había estado en el museo aquella tarde, y que estando en el aseo de señoras había visto el bolso en la papelera. Como es lógico, lo había abierto para averiguar quién era la propietaria. Y encontró el carnet de identidad y lo demás, donde figuraba nuestra dirección en Munich. Dejó inmediatamente el museo y cogió un taxi para entregar el bolso personalmente. El cheque de Edgar seguía allí, pero no el dinero, los ciento veinte dólares. Me sentí, no obstante, muy agradecida por haber recuperado lo demás. Eran casi las cuatro, y le pedimos a la mujer que se quedara a tomar el té. Se sentó, y al poco empezó a contarnos cosas de su vida. Había nacido y se había criado en Australia, se había casado joven, había tenido tres hijos —todos varones—, había enviudado y seguía viviendo en Australia con dos de sus hijos. Criaban ovejas y poseían mas de veinte mil acres de tierra para pastos, y en ciertas épocas del año empleaban a multitud de pastores y esquiladores. Estaba de paso en Munich camino de Australia, y venía de Inglaterra de visitar a su hijo menor, que era abogado. Volvía a Australia cuando la conocimos —dijo Mrs. Morgan—. Y aprovechaba la ocasión para ver algo de mundo. Le quedaban aún muchos lugares por visitar.
—Ve al grano, querida —dijo Morgan.
—Sí. Y esto es lo que sucedió entonces, Mr. Myers. Iré directamente al clímax, como dicen ustedes los escritores. De pronto, después de una agradable charla como de una hora, después de que aquella mujer nos hubiera hablado de su vida y de su existencia aventurera en las antípodas, se levantó para irse. Estaba pasándome la taza cuando la boca se le quedó completamente abierta, se le cayó la taza al suelo y se desplomó sobre el sofá, muerta. Muerta. Allí, en nuestra sala de estar. Fue el momento más terrible de toda nuestra vida.
Morgan asintió con gesto solemne.
—Dios —dijo Paula.
—El destino la envió a morir en el sofá de nuestra sala, en Alemania —dijo Mrs. Morgan.
Myers se echó a reír.
—¿El destino… la envió… a… morir… en su… sala? —consiguió decir con voz entrecortada.
—¿Le parece gracioso, señor? —dijo Morgan—. ¿Lo encuentra divertido?
Myers asintió con la cabeza. Siguió riendo. Se enjugó los ojos con la manga de la camisa.
—Lo siento de veras —dijo—. No puedo evitarlo. Esa frase: El destino la envió a morir en el sofá de nuestra sala, en Alemania… Lo siento. ¿Y que pasó después? —consiguió decir—. Me gustaría saber lo que ocurrió después.
—No sabíamos qué hacer, Mr. Myers —dijo Mrs. Morgan—. La conmoción fue terrible. Edgar le tomó el pulso, pero no detectó señal alguna de vida. Incluso había empezado a cambiar de color. La cara y las manos se le estaban volviendo grises. Edgar fue al teléfono a llamar a alguien. Luego dijo: «Abre el bolso, a ver si averiguas dónde se hospeda.» Evitando en todo momento mirar el cadáver de aquella desdichada, cogí el bolso. Imaginen mi total sorpresa y desconcierto, mi absoluto desconcierto, cuando lo primero que vi dentro del bolso fue mis ciento veinte dólares, aún sujetos por el clip. Nunca en mi vida me había sentido tan perpleja.
—Y decepcionada —dijo Morgan—. No te olvides de eso. Fue una profunda decepción.
Myers dejó escapar unas risitas.
—Si fuera usted un escritor de verdad, como afirma, Mr. Myers, no se reiría —dijo Morgan, poniéndose en pie—. ¡No osaría reírse! Trataría de entender. Sondearía en las profundidades del corazón de aquella pobre mujer y trataría de entender. ¡Pero usted no tiene nada de escritor, señor!
Myers siguió riendo.
Morgan dio un puñetazo en la mesita, y las tazas se tambalearon sobre los posavasos.
—La historia que importa está aquí, en esta casa, en esta misma sala, ¡y ya es hora de que se cuente! La historia que importa esta aquí, Mr. Myers —dijo Morgan. Se paseó de un lado a otro sobre el brillante papel de envolver, que se había desenrollado y extendido por la alfombra. Se detuvo para mirar airadamente a Myers, que se agarraba la frente sacudido por las carcajadas.
—¡Considere la hipótesis siguiente, Mr. Myers! —gritó Morgan—. ¡Considérela! Un amigo, llamémosle Mr. X, tiene amistad con… con Mr. Y y Mrs. Y, y también con Mr. y Mrs. Z. Los Y y los Z no se conocen, por desgracia. Y digo por desgracia porque de haberse conocido, esta historia no podría contarse porque jamás habría sucedido. Bien, Mr. X se entera de que Mr. y Mrs. Y van a pasar un año en Alemania y necesitan a alguien que ocupe la casa durante ese tiempo. Los Z están buscando alojamiento, y Mr. X les dice que sabe del sitio adecuado. Pero antes de que Mr. X pueda poner en contacto a los Z con los Y, los Y tienen que salir para Alemania antes de lo previsto. Mr. X, debido a su amistad queda a cargo de alquilar la casa a quien estime conveniente, incluidos a los señores Y, quiero decir Z. Pues bien, los… Z se mudan a la casa y se llevan con ellos a un gato, del cual los Y tienen noticia mas tarde por el propio Mr. X. Los Z meten el gato en la case pese a los términos del contrato de arrendamiento, que prohíben expresamente que en la casa habiten gatos u otros animales a causa del asma de Mrs. Y. La genuina historia, Mr. Myers, está en la situación que acabo de describir Mr. y Mrs. Z… quiero decir Y se mudan a la case de los Z, invaden, a decir verdad, la casa de los Z. Dormir en la cama de los Z es una cosa, pero abrir el ropero particular de los Z y usar su ropa blanca, destrozando todo lo que encontraron dentro, eso iba en contra del espíritu y la letra del contrato. Y esta misma pareja, los Z, abrieron cajas de utensilios de cocina en los que ponía «No abrir». Y rompieron piezas de la vajilla pese a que en el contrato constaba expresamente, expresamente, que los inquilinos no debían utilizar las pertenencias de los propietarios, las cosas personales, y hago hincapié en lo de «personales», de los Z.
Morgan tenía los labios blancos. Siguió paseándose de aquí para allá encima del papel de envolver, deteniéndose de cuando en cuando para mirar a Myers y lanzar ligeros soplidos por la boca.
—Y las cosas del baño, querido. No olvides las cosas del baño —dijo Mrs. Morgan—. Ya es falta de tacto utilizar las mantas y sábanas de los Z, pero si encima entran a saco en el cuarto de Baño y siguen con otras cosas privadas almacenadas en el desván, eso es pasarse de la raya.
—Ahí tiene la autentica historia, Mr. Myers —dijo Morgan. Trató de llenar la pipa, pero le temblaban las manos, y el tabaco cayó y se esparció por la alfombra—. Esa es la historia verídica aún por escribir y que merece ser escrita.
—Y no necesita un Tolstoi pare escribirla —dijo Mrs. Morgan.
—No, no se necesita un Tolstoi —dijo Morgan.
Myers reía. El y Paula se levantaron del sofá a un tiempo, y se dirigieron hacia la puerta.
—Buenas noches —dijo Myers con regocijo.
Morgan estaba a su espalda.
—Si usted fuera un escritor de verdad, señor, convertiría esta historia en palabras y no se haría tanto el sueco al respecto.
Myers se limitó a reír de nuevo. Tocó el pomo de la puerta.
—Y otra cosa —dijo Morgan—. No tenía intención de sacarlo a relucir, pero, a la vista de su comportamiento de esta noche, quiero decirle que he echado en falta mis dos volúmenes de Jazz at the Philharmonic. Eran unos discos de gran valor sentimental para mí. Los compré en 1955. ¡Y ahora insisto en que me diga qué ha sido de ellos!
—Para ser justos, Edgar —dijo Mrs. Morgan mientras ayudaba a Paula a ponerse el abrigo, después de hacer inventario de los discos, admitiste que no podías recordar cuándo habías visto por última vez esos discos.
—Pero ahora estoy seguro —dijo Morgan—. Tengo la certeza de que los vi antes de irnos a Alemania, y ahora, ahora quiero que este escritor me diga exactamente cuál es su paradero. ¿Mr. Myers?
Pero Myers estaba ya fuera de la casa, y, con Paula de la mano, se apresuraba hacia el coche. Sorprendieron a Buzzy. El perro soltó un gañido, al parecer de miedo, y se apartó hacia un lado de un brinco.
—¡Insisto en saberlo! —gritó Morgan a sus espaldas. ¡Estoy esperando, señor!
Myers dejó a Paula en su asiento, se puso al volante y puso el coche en marcha. Volvió a mirar a la pareja del porche. Mrs. Morgan saludó con la mano, y luego ambos se volvieron y entraron en la casa y cerraron la puerta.
Myers arrancó y se aparto del bordillo.
—Esta gente está loca —dijo Paula.
Myers le dio unas palmaditas en la mano.
—Daban miedo —dijo Paula.
Myers no contestó. Le dio la impresión de que la voz de Paula le llegaba de muy lejos. Siguió conduciendo. La nieve golpeaba contra el parabrisas. Siguió silencioso, mirando la carretera. Se hallaba en el final mismo de una historia.









Traductor desconocido.

De la tierra a la luna / Alejandro Arras



En un sin fin de ocasiones la ciencia ficción nos ha demostrado su capacidad predictiva que traza caminos hacia un porvenir desconcertante. La imaginación es, naturalmente, la materia prima de toda construcción pero ¿es el futuro producto de la imaginación colectiva, es decir, de eso que la ciencia ficción propone o predice como una posibilidad?
Durante el siglo XIX, cuando eran aplaudidas y leídas con fervor novelas que abordaban la justicia o la ética por medio de criminales desafortunados (Víctor Hugo) o retratos de damas de la alta sociedad francesa (Flaubert) existió también un escritor que miraba los logros de la ciencia con la determinación de un apostador frente a un póker de ases. Admiraba a Stendhal, sí, pero también al matemático Urbain Le Verrier o al geógrafo Eliseo Reclus. Este inusual escritor se llamó Julio Verne, nacido en Nantes, en el año de 1828. Su formación científica provino de una natural curiosidad que marcaría para siempre las posibilidades del porvenir literario.
En los tiempos de Verne resultaban ser muy populares los diarios de viajes en toda Europa; Théodore Mollien en 1823 explorando Colombia; Albert M. Guilliam recorriendo México en 1843. Diplomáticos, mineros, aficionados y hasta condesas publicaban sus emocionantes expediciones. Los lectores –burgueses u obreros- leían los paisajes de la exótica América o de las misteriosas pirámides mayas, muy distintos a las experiencias contenidas en las páginas de Verne que resultaban una excepcionalidad entre todas, mucho más atrevidas y adelantadas para ese entonces: odiseas espaciales, utopías que transportan a mares inmensos, ríos muertos en la luna, erupciones, naufragios, máquinas asombrosas. Años después, el visionario llegaría a ser uno de los escritores más traducidos en todo el mundo. Verne sería el parteaguas hacia lo que conocemos hoy como ciencia ficción.
Este Adán de la literatura industrial como lo llamó Christopher Domínguez, publicó hace 151 años en el Journal des débats politiques et littéraire los primeros fragmentos de De la tierra a la luna, la primera gran antesala para tan espectacular hecho que sucedería hasta 1969 con el Apolo 11 y en plena guerra fría. Contextualizada a mediados del siglo XIX, narra un grupo de aficionados de la balística –cuerpos lanzados al espacio por una fuerza de impulsión cualquiera y abandonados luego a sí mismos-, nombrados como el gun-club y liderados por el presidente Barbican, quienes planean enviar un proyectil al sol de los lobos mediante un poderoso cañón: el columbiad. La historia se resume en esta pregunta: ¿es posible llegar a la luna?
Verne profundiza en los retos: cómo llegar al espacio, cual es la distancia entre el satélite y la tierra, dónde se debe ubicar la base de despegue, cuales son las posibilidades del suceso. El humor se encuentra por todos lados y a pesar de ser una novela científica destella risotadas en el lector; recuerda aquellas exageraciones sociales al estilo de Voltaire, por ejemplo, durante el transcurso de la novela aparece la figura de Michel Ardan, francés por excelencia, de figura atlética y repleta determinación quien se ofrece como voluntario para abordar la nave ante cualquier adversidad, es decir, no solo lanzar el proyectil sino llegar y explorar esas tierras desconocidas con pies y manos. El papel de los estadounidense es satirizado con gran hazaña exagerando su protagonismo. La rivalidad entre Texas y Florida acerca de dónde situar el cañón satiriza una nación dividida por las huellas de la guerra de secesión. Verne es atinado, sitúa la utopía en Florida como sucedería en realidad muchos años después. La ironía del escritor agiganta los ideales políticos y económicos de estados unidos como también ridiculiza algunos clichés del estereotipo social del siglo XIX. El personaje del capitán Nicholl, archi enemigo del presidente del gun-club, pertenece también a esta serie de exageraciones sobreponiendo la rivalidad empresarial y tecnológica de las naciones.
 De la tierra a la luna es una novela extraordinaria que como muchas otras grandes contiene una universalidad que se mantiene fresca. Se trata de una serie de ecos que continuarán más tarde desarrollándose en prácticamente casi todo: literatura, cine, pintura, arquitectura, diseño industrial. Verne fabricó un mundo inaudito, con sus propios límites, su propia música. Falleció en 1905 en su casa de Amiens a causa de una diabetes que había padecido durante muchos años dejando un amplio repertorio de más de cincuenta libros. Roland Barthes escribe en uno de sus ensayos: Verne construyó una suerte de cosmogonía cerrada sobre sí misma, que posee sus propias categorías, su tiempo, su espacio, su plenitud e inclusive su principio existencial.






















































Casa / Abraham Ibáñez





Quand les cimes de notre ciel se rejoindront
Ma maison aura un toit.
Paul Éluard

Y ese viaje que la mirada todavía sostiene
abandona el umbral de una tarde de lluvia en la infancia.
José Carlos Becerra




I

Ha partido a nuestros pies el camino
El punto de partida hasta el destierro
sobre el extremo de pasos jamás devueltos a su origen

Dejamos que la casa se echara por la puerta una mañana
y la puerta era el último piso de un año que más tarde
arrumbamos en un armario  

Aún escuchamos la lluvia que partió con ella
No hay pan ni aves que corroboren esa música herida
con la que inventábamos a gritos el verano
El sol era un plato para servir el hambre en todos lados
Sabiendo que la casa era nuestra más allá de la luz del patio
Sabiendo que llevábamos el escombro en los ojos
y que nuestras manos estaban hechas del estertor de los muebles
sobre los que goteaba a solas la tarde

Hemos perdido ese rincón también
ese deseo de vernos llegar desde el fondo de nuestras voces
de saltar sobre un estremecimiento del tamaño del poniente
que ahora miramos esperando vernos partir
y escuchar tras de nosotros el silencio
que se ha quedado en casa para ladrar ausencias

Y no nos resta sino esa tristeza
ese bostezo de reuniones
que desde nuestras miradas iluminaba boca a boca el asombro
iluminado a su tiempo por el resplandor de una televisión
donde sonreía un sol enmohecido  

Sonreía el dolor para nosotros
para nuestro aire de niños encerrados
castigados a mirar sin pudor la vida

Niños ávidos por el fulgor de una pantalla
por saberse entre los muros que les devolvían la sombra
y en ella la certeza de saberse iluminados
Sentir en ellos los rumores de las imágenes de fiesta
que hoy crecen como musgo
en el intersticio de la luz de una ventana
al otro lado de la noche

Siembro en el aire acordes que no vivimos
Música de odio para carcomer la pérdida
Notas que se sofocan en su rincón ausente
Amargan con soltura el sabor a ruina que soy
Y sé que hemos perdido completamente la casa

(Apago la luz
Huele a palabra callada esta distancia
que presiento en el resuello de un mundo
nombrado esta mañana para volver a él)


II

Despierto en el origen de esta sed que vierto
Paso una mano por la cara del sueño y es casi azul
la vida del patio en la mañana

Mi familia es un rebaño de metáforas
El sol se levanta a sus espaldas
Sobre la mesa -y a nuestro lado- contra luz sin peso
todo lo reitera para soslayar la ausencia

La casa es reciente lluvia de guitarras
Las cortinas al viento ondulan nuestros ojos
que sonríen al sentarse entre miradas de leche tibia

Tomamos palabras calladas como pan
y envuelto el gesto en la melancolía de las nueve
comemos hasta saciar de ingenuidad el silencio

Son nuestras bocas fiesta de poquísimas migajas
Parca lamentación donde resuenan notas para el invierno
 
Tardes y horizontes abrazan con la música
el gesto que gira en mi cara por vez primera

Estas puertas se olvidarán de cerrarse
inocentes en su temblor de flor oscura
que presiente en su pecho la distancia

El café es una selva ante mis ojos
que me lleva de noche a izar árboles de niebla 
Copa inalcanzable de la sed soy
Despreocupado gesto en el filo de un pensamiento acantilado

Bulle la luz del mundo en torno a nuestras manos
Por todas partes su rigor metálico
Por todos lados al surgir
y al quebrarse el día por dentro
en el ámbito redondo de cada juego

Contra la fragilidad de un movimiento apenas presentido
persigue una voz que no es la voz que lo llama
sino el ruido de un ave que se nombra en la ceniza
-último color del cielo a la mitad de un sueño
cerrado con llave desde adentro

Es el origen del miedo esa voz que despierta al polvo
Alzo los ojos siempre más allá de su transparencia
Llevo árboles al pecho que me sé de lejos
Ramas que atraviesan el tiempo hasta revertirlo
Hojas que arranqué al bosque de mi nombre

Sobre mi miedo se tiende el murmullo de trenes
El espanto de ciudades rendidas al ser recordadas
Escucho con atención el aullido de la calma
Música que es un puente para escuchar morir esos pasos
       [que no me atrevo a dar
Música que busco en lo azul de una ventana
y que sobrevuela el miedo

Más allá del rencor que me levanta y oblitera
respira una herida vuelta hoguera y alimento
Abro mi pecho hasta alcanzar los bordes de este escenario

Horizontes que se traspapelan en páginas sin orden
Lámparas que no visita el filamento de ángeles antes cotidianos
Llamadas que han ido a revolcarse al fondo de un cenicero
donde soy el humo de huesos que suspiran la ausencia
donde el hombre que soy solventa en silencio
el retrato que el reflejo se atreve a eludir a solas
III

El miedo es un acopio de sombras que el sueño eleva

Tirita
entre mi padre y el insomnio
la llama de una voz que es mi nombre
Es mi padre esa voz que sueña
es mi padre ese resplandor que alza su sombra
y la sombra es padre de ese miedo que tiembla solo en cama

Bajo las sábanas el mundo es otro
Las horas mueren cuando cierro los ojos
Son un árbol que cae a solas y que nadie acierta a escuchar

Es otro el despertar con la vida a solas de este cuarto
Sostengo su respiración y sé que es mío el aliento
que revuelve diarios sobre la mesa sola

El desayuno respira por su cuenta
La leche esperó de más antes de asentarse
en lo espeso de mis pensamientos
-flota sobre el sueño una mosca

Soy ese temblor que registra el miedo a solas
Soy el papel del diario que reserva una mancha en las páginas centrales
Soy el papel que funge un insecto muerto y el hambre de un niño
que mira la puerta abierta y sabe que es su nombre el ahogado
-y que vuelve a cerrar los ojos hasta cerrarse el día


IV

El miedo ha caído por su propia boca
Vuelca el hígado un recuerdo que hinca y aterra
en ese gramo de vida que es miedo y rencor

No se ha vuelto a llamar casa a esta sombra

No queda más quietud que la de estos pasos cerrados sobre sí
el ensimismamiento que los desmorona en ruido y desarraigo
la avaricia del resplandor que recorría la voz al decir un nombre

A lo lejos tu casa muere entre tus manos
Nuestros ojos son su propio dolor y los huesos
dan el ancho de una muerte que se presiente en todos lados

Algo late en las costillas del cuarto que soy a solas

Abro la puerta y sé que es inútil escuchar el silencio
en el rincón del recuerdo que una mano señala
que alza el vuelo como ave que ha probado el vacío
y se levanta moribunda en mí  

No me atrevo a que la ausencia me mire de frente

Cabe en mi mano el mundo que me muere
entre murmullos y heridas de vida
donde levanta mi nombre la palabra
y me pronuncia el miedo al miedo que llevo en la boca
miedo al rencor que arraiga mi rostro de piedra
que se mira en una voz de hace años
y pugna se agrieta por jamás volver


V

Nada es más grande que este latido oscuro

Se levanta en medio de todos los cuartos
su respiración de ángel desierto

Su sangre es el silencio de un dios
que enmudeció al cerrarse la puerta

Me acerco a la ventana y escucho
el vaho de un invierno a punto de nacer

El odio rasca las paredes de nuestra casa
Sangran polvo sobre los huesos
abandonados al dormir

Las mesas sostienen el beso de la niebla
rezago del solsticio que en tus manos halló un nido

La memoria ríe empañada a solas
Vuelven a su cuadrante
sobre nuestras cabezas
las nubes de ese rencor súbito

*                            

Repita el fragor hasta cansarse
Repita el fragor hasta escanciarse
Repita el fragor hasta esclarecerse

*

La música herida se arrastra bajo las venas del sueño
En el revés de sus miedos sus humanas conjeturas
se deshacen en un instante
que va estrellarse contra los espejos

Más allá del hastío y la disgregación
Más allá del crepitar de una palabra con visos de la infancia
Lejos de la imagen que recorre los ejes del deterioro
Se alza la música en su aura de enredadera cubierta de tapias

Cruza por la ventana y escucha al otoño que muere
Revuelve por última vez el brillo irrecuperable
de un volcán en arias de la noche

Busca el árbol con sus viejos brazos en alto
La ventana a la que jamás ha de llegar a tiempo
y el azul de las rendijas que coloreaba el aire
en esa calle moribunda que todavía nos crece en los ojos
donde entrevemos la distancia absorta de nuestros cuerpos

El ruido que precede a la música arde en el fondo de todo esto
Era fragua en la garganta la voz que llamaba  
      [al otro lado del sueño
Era nuestra risa fundando estatuas en cada parque
¿Escuchas todavía el dolor con que se anclan a mi norte?
¿Sus pisadas de hierro que de luz oxidan nuestras caras?
El miedo es la casa que soy a solas
Sólo esto puede ser cierto


Nada es más grande que este latido oscuro.



*


















Abraham Ibáñez. Estudiante de Literatura en la UAP. Nació el 13 de diciembre de 1990 en la ciudad de Puebla. Ha publicado en medios electrónicos. En 2014 obtuvo el 1er lugar en la categoría Cuento del XV Premio Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Puebla. En 2015 obtuvo el 2° lugar en la décimo sexta edición del mismo premio en la categoría Poesía. Los poemas aquí incluidos son los meritorios de dicha gratificación.